Cuando el pueblo llano de Tenerife «arrancó» el brazo al almirante Nelson.

Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

R. WESTALL
Nelson, herido durante el ataque

Otra de las grandes gestas españolas tuvo lugar durante los últimos días de un caluroso mes de julio de 1797. Ese año, Inglaterra se propuso invadir la isla de Santa Cruz de Tenerife con la inestimable ayuda del por aquél entonces contralmirante Horatio Nelson; una de las empresas que a la postre le iba a producir una gran derrota.

El objetivo de los ingleses era claro. Las islas Canarias eran un enclave único y estratégico; un lugar bañado por el océano Atlántico que podría haber servido para el refugio y avituallamiento de la Royal Navy, que en aquellos años tenía intereses en el continente americano. Conquistar Santa Cruz de Tenerife y el resto de las islas significaba, por tanto, la creación de una poderosa base estratégica que contribuiría en definitiva al engrandecimiento del Imperio británico. Sin embargo, Inglaterra no solo se iba a encontrar con la resistencia heroica del ejército español, sino que además se iba a enfrentar con un factor determinante: el Pueblo.

Fuerzas en combate

Así las cosas, durante la oscura madrugada del 22 de julio de 1797 ocho buques ingleses se situaron sigilosos frente a las costas de Tenerife dispuestos a iniciar el desembarco. En total, el ejército del contralmirante Nelson estaba formado por 393 bocas de fuego y nada menos que 2.000 hombres instruidos y experimentados en otros enfrentamientos.

Además, se daba la circunstancia de que el orgullo británico estaba intacto tras haber vencido a los españoles cinco meses atrás en la batalla del Cabo de San Vicente. Por su parte, la defensa de Santa Cruz de Tenerife estaba compuesta tan solo por unos 60 artilleros veteranos y 320 de milicias, varios cientos de soldados y alrededor de 900 campesinos. Todos ellos estaban dirigidos por el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero, un soldado veterano que en aquél estío rondaba los 68 años. No obstante, a pesar del número claramente inferior de los españoles, la historia iba a ser muy distinta respecto a los sucesos que habían acaecido en el Cabo de San Vicente.

Un plan casi perfecto

El plan principal de los ingleses, que tenía su origen en una misiva que Nelson le escribió a John Jervis, jefe de la flota del Mediterráneo, el 12 de abril de 1797, era más o menos sencillo. El ejército inglés debía botar 30 lanchas de 900 hombres con el objetivo de asaltar el castillo de Paso Alto, cercano a la playa, y desde allí efectuar fuego de artillería contra la fortaleza de San Cristóbal, el lugar donde se encontraba el general Antonio Gutiérrez de Otero y su plana mayor.

Mientras tanto, la infantería haría lo propio desde tierra. Sin embargo, a pesar de que el plan empezó a ejecutarse según lo previsto, la marea contraria retrasó el avance de las tropas inglesas, que no lograron llegar a la playa hasta el amanecer, justo en el momento en que la defensa española, prevenida, comenzó a utilizar los cañones desde el castillo de Paso Alto para hacer retroceder al invasor.

La batalla del pueblo

Aún así, los 900 hombres armados y con sed de conquista lograron desembarcar en una playa situada al noreste de Santa Cruz, donde fueron sorprendidos por un grupo de 200 españoles que les cortaron el paso. Tras largas horas de batalla, y custodiados en todo momento por un sol de justicia, el capitán Trowbridge ordenó la retirada de los ingleses al atardecer. A pesar de todo, el ejército invasor iba a intentar conquistar la isla unos días más tarde.

De esta manera, en la madrugada del 25 de julio, alrededor de 700 ingleses lograron desembarcar en una playa próxima al castillo Principal con el objetivo de asaltar el fuerte de San Cristóbal. Sin embargo, el fuego de los cañones del muelle y de algunas fortalezas cercanas como La Concepción, Paso Alto, San Telmo o Santo Domingo fueron determinantes para evitar el avance de las tropas.

Además, en el transcurso de la batalla se produjeron algunos acontecimientos inesperados que pusieron en jaque a los ingleses, como la retirada del contralmirante Nelson, que fue herido de gravedad en el brazo derecho (el cual tuvo que ser amputado por el cirujano unos minutos más tarde), o el hundimiento de la embarcación «Fox». Finalmente, tras una dura y sangrienta batalla por las playas, calles y plazas de Santa Cruz, en la que también participaron labriegos, pescadores y artesanos tinerfeños, las tropas inglesas fueron obligadas a firmar la rendición.

Así, durante la mañana del 25 de julio de 1797, el ejército de Inglaterra sufrió en sus lívidas carnes el poder y la fuerza de un pueblo unido, y Horatio Nelson, el héroe de Trafalgar Square, se llevó uno de los peores recuerdos de su vida.

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Fuente ABC