La asombrosa vida de Frederick Duquesne: cazador, inventor, periodista en Estados Unidos, soldado y espía alemán en las dos guerras mundiales

Frederick Joubert Duquesne en torno a 1900/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

El 24 de mayo de 1956 el City Hospital de Welfare Island (Nueva York) registró la muerte de uno de sus pacientes, un anciano de setenta y ocho años que llevaba ya un par de años con un deficiente estado de salud, tanto física como mental. Pero echando un vistazo a su vida podría decirse que pocos la vivieron tan intensamente como él. Se llamaba Frederick Joubert Duquesne y había pasado por tantos avatares que pocas novelas podrían imaginar un personaje así.

 

 

 

Frederick nació en la Colonia del Cabo británica en 1877, en el seno de una familia bóer hugonote de ascendencia francesa, siendo el mayor de tres hermanos. El padre compaginaba las tareas propias de la granja a donde se mudaron, en la República del Transvaal, con la profesión de cazador, que su primogénito aprendió desde niño. Alcanzó gran experiencia en ello y admiraba tanto la astucia y habilidad de la pantera negra para atrapar a sus presas que en el futuro ése sería su emblema y su apodo, Black Panther.

Retrato de juventud/Foto: Reprobate

Eran tiempos difíciles para los bóers, hostigados por los británicos pero también por los zulúes, que aunque habían sido derrotados once años antes, en 1888 retomaron las armas bajo el liderazgo de Dinizulu, el hijo del rey Cethswayo. La nueva guerra fue breve pero en su contexto la granja fue asaltada y Frederick, con apenas doce años, tuvo ocasión de matar a un hombre por primera vez; y lo hizo además con el assegai (lanza corta que los zulúes usaban como una espada) que arrebató a un guerrero, en defensa de su madre. Luego tuvieron que unirse a otras familias para rechazar el ataque de un impi(regimiento zulú), a resultas del cual murió toda la familia de su tío, Piet Joubert, un héroe de la Primera Guerra Bóer.

Viendo cómo estaban las cosas, los Joubert Duquesne enviaron a Frederick a Europa, donde sus biógrafos dicen que estudió en la Universidad de Oxford y en la Académie Militaire Royale de Bruselas (si bien no hay registro documental de su paso por esas instituciones). En cualquier caso, tras un tiempo viajando, en 1899 regresó a su tierra natal porque había estallado una nueva contienda entre británicos y bóers y quería colaborar. Lo hizo con el grado de teniente, recibiendo un disparo en un hombro durante el asedio de Ladysmith, a resultas del cual fue ascendido a capitán. Luego, en la Batalla de Colenso, fue capturado y enviado a Durban, donde protagonizó la que sería primera de una larga serie de fugas que caracterizaron su vida.

Los bóers capturan los cañones británicos en la Batalla de Colenso (Fritz Neumann)/Imagen: British Battles

A finales de la primavera de 1900 encontramos uno de los episodios más inauditos y románticos de su azarosa biografía; también uno de los más controvertidos, por cuanto no está muy claro y hay quien pone en duda su veracidad. Ante la ofensiva británica contra Pretoria, se decidió transportar el oro de la Casa de la Moneda y el Banco Nacional a los Países Bajos, donde se había refugiado el presidente Paul Kruger. El valor de la mercancía ascendía a 680.000 kilogramos en lingotes pero la parte del cargamento asignada a Frederick desapareció tras una trifulca entre los encargados de su custodia, que se mataron entre sí; sólo sobrevivieron él y algunos porteadores nativos, a los que ordenó esconder los lingotes en una gruta… y nunca más se volvió a saber.

La guerra continuó y la balanza se inclinó del lado británico. Retirándose hacia el noreste, los hombres de Frederick acabaron siendo apresados por los portugueses al traspasar las fronteras de su colonia mozambiqueña, siendo trasladados a Lisboa. Él escapó con la ayuda de la hija de uno de los guardias a la que encandiló y terminó en Inglaterra, donde se alistó en el ejército y fue destinado a Sudáfrica en 1901. No era una defección sino todo lo contrario: un infiltrado cuya aversión a ese país llegó a un punto de no retorno al comprobar que la granja de su familia había sido arrasada, su hermana violada y asesinada, y su madre agonizaba en un campo de concentración.

Mapa y ubicación de Bermuda/Imagen: Eric Gaba en Wikimedia Commons

Ese odio se concentró en Herbert Kitchener, quien para afrontar la táctica de guerrillas bóer alternó brutalidad con tierra quemada ganando la guerra pero a costa de duras críticas, no sólo en el resto del mundo sino también en la propia Gran Bretaña. Por eso en 1901 Frederick reclutó una veintena de ayudantes para desarrollar una campaña de atentados y matarlo en Ciudad del Cabo. La conspiración fue descubierta y, al formar parte del ejército británico, se le acusó de traición y condenó a fusilamiento. En el último momento la pena fue conmutada por cadena perpetua a cambio de información sobre los códigos criptológicos bóers; Frederick mantendría siempre que les facilitó unos falsos.

Los recios muros del castillo donde fue recluído no pudieron disuadirle de intentar escapar; no tuvo suerte y le trasladaron a un penal de la isla Bermuda, considerado más seguro. Pero la noche del 25 de junio de 1902, saltó las alambradas, nadó dos kilómetros y medio sin importarle los tiburones y logró ponerse a salvo contactando con colaboradores, gracias a los cuales llegó a Baltimore (EEUU) escondido en un barco.

Herbert Kitchener (Alexander Bassano)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Como la guerra terminó ese año, empezó así su etapa americana trabajando como periodista para el New York Herald y otros periódicos, además de publicar tres novelas. En 1908 marchó a Port Arthur como corresponsal en el conflicto ruso-japonés; también informó de la Guerra de Melilla española (la del Barranco del Lobo) y de la del Congo Belga. Otra guerra en la que se metió fue la conyugal: en 1910 se casó con la estadounidense Alice Wortley, de la que se divorciaría ocho años más tarde.

Pero antes se convirtió en inesperado protagonista de otro curioso episodio. Dada su experiencia en el tema, el expresidente Teddy Roosevelt le eligió para ser su asesor de caza y así le acompañó en su safari por África. La cosa había empezado cuando la New Food Supply Society puso en práctica su estrambótico plan para solucionar la escasez de carne en EEUU: importar hipopótamos y soltarlos en los pantanos de Louisiana para convertirlos en especie cinegética (que además colaboraría en mantener a raya al jacinto de agua). Frederick fue consultado al respecto a instancias de su viejo enemigo Frederick Russell Burnham quien, aunque era estadounidense, en la guerra bóer estuvo al mando de los Scouts británicos y le conocía bien. Al final no hubo hipopótamos en EEUU pero Frederick se ganó la ciudadanía, concedida en 1913.

Duquesne y Roosevelt en África/Foto 1: dominio público en Wikimedia Commons – Foto 2: Wikimedia Commons

Pero el mundo continuaba su alocada carrera bélica. En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y Frederick vio la ocasión de vengarse de Gran Bretaña. Por mediación de un empresario de origen germano fue reclutado como espía del káiser, haciéndose pasar por empresario para organizar atentados contra buques mercantes británicos en Sudamérica e informar de sus movimientos a las embajadas alemanas. Se le atribuye el hundimiento de más de una veintena de barcos y la guinda del pastel era que previamente había contratado cargas en ellos con uno de sus alias, de manera que exigió a las aseguradoras el pago de las correspondientes indemnizaciones.

Esa personalidad falsa fue descubierta por el MI5, lo que le obligó a dejar su base de operaciones en Brasil para pasar a Argentina -hablaba varios idiomas- y, para quitarse de encima a los servicios secretos enemigos, contratar un artículo en un periódico boliviano informando de su muerte a manos de indígenas en el Amazonas. Lo que nunca quedó del todo claro fue la historia que contó sobre su venganza de Kitchener. Dijo que haciéndose pasar por aristócrata ruso se reunió con él a bordo del HMS Hampshire, consiguiendo informar de su posición al submarino alemán que lo torpedeó; Frederick habría logrado escapar en una balsa poco antes mientras que el odiado militar británico se fue a pique con el navío. No se conserva ningún documento que lo pruebe.

Kitchener a bordo del HMS Hampshire antes de su hundimiento/Imagen: National Army Museum

En 1917 enriqueció su currículum inventando una mina naval electromagnética que trató de vender a la armada estadounidense, ya que este país acababa de entrar en la guerra. En cambio, no consiguió un puesto en el Canal de Panamá, como pretendía. Por increíble que parezca, Frederick seguía por encima de toda sospecha en EEUU gracias a su apostura y su don de gentes. No obstante, la prioridad bélica restó interés a sus conferencias de aventuras y caza, por lo que se inventó otra personalidad: ahora era el capitán Claude Stoughton, un australiano veterano de caballería que había combatido en muchas batallas y recibido tres heridas de bayoneta.

Con esa identidad realizó una gira en beneficio de la Cruz Roja contando sus peripecias semifantásticas y haciéndose muy popular… hasta que ese mismo año fue arrestado por fraude en el asunto de los seguros. Lamentablemente para él, en el registro de su casa se encontraron documentos alemanes que le involucraban en el sabotaje de barcos, en la muerte de varios marineros británicos e incluso uno que le informaba de la concesión de la Cruz de Hierro. Pudo retrasar la extradición a Gran Bretaña fingiendo una parálisis en una pierna nada menos que dos años; cuando ya expiraba el plazo y se preparaba su traslado, aserró los barrotes de su calabozo y huyo disfrazado de mujer.

Duquesne en su etapa de periodista y con el uniforme de caballería australiana de su personaje, el capitán Stoughton /Foto 1: dominio público en Wikimedia Commons – Foto 2: dominio público en Wikimedia Commons

Resulta divertido saber que el típico boletín de “se busca” distribuido por la policía todavía decía que el fugitivo no podía mover su pierna derecha. El caso es que Fritz, como le apodaban, llegó a México y de ahí saltó a Europa, donde permaneció los siguientes años. En 1926, con el panorama más calmado, regresó a Nueva York con una nueva identidad. Esta vez se hacía llamar Frank de Trafford Craven y entró a trabajar en la sección de publicidad de la famosa productora cinematográfica RKO. Durante el siguiente lustro alternaba su personalidad con la verdadera cuando viajaba a Manhattan.

Pero no le habían olvidado, como creía. En la primavera de 1932 volvió a ser detenido por el FBI y procesado; sorprendentemente, los británicos consideraron que habían prescrito sus delitos y no lo reclamaron, por lo que finalmente se le puso en libertad sin cargos. Dos años después, con Hitler ya en el poder, Frederick fue reclutado por la Order of 76, una organización nacionalista anticomunista y contraria al New Deal del recién elegido presidente Franklin Delano Roosevelt (esa entidad se fusionaría en 1937 con la Silver Shirt Legion of America, la expresión del nazismo en EEUU).

Los 33 miembros del Circulo Duquesne/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Frederick desempeñó su trabajo de espía bajo el alias DUNN hasta que, a través de un agente doble, el FBI detectó su nombre y recordó su currículum anterior. Inmediatamente se asignaron tres agentes para hacerle un seguimiento y grabar sus conversaciones. Aunque Frederick era consciente de ello no huyó y en junio de 1941 fue detenido junto a otra treintena de espías que integraban lo que se conoció como el Duquesne Spy Ring (Círculo de Espías Duquesne), el mayor caso de espionaje de la historia del país. A él se le incautó documentación sobre material de guerra estadounidense y movimientos de su armada, lo que le comprometía indefectiblemente.

El consiguiente juicio se celebró en un incómodo contexto para los acusados: el ataque japonés a Pearl Harbor el 2 de enero de 1942. Un mes después, con EEUU entrando en la guerra, se dictó la sentencia y a Frederick le cayeron dieciocho años de prisión; teniendo en cuenta que él tenía sesenta y cuatro, eso significaba que probablemente moriría entre rejas. No fue así; pasó por varios centros penitenciarios mientras su salud se deterioraba progresivamente y en 1954, dado su precario estado, fue puesto en libertad habiendo cumplido catorce años de condena. Todavía hoy es difícil separar lo real de lo ficticio en su vida.

Fuentes: Breverton’s First World War curiosities Terry Breverton)/Historical Dictionary of German Intelligence (Jefferson Adams)/Love and ruin. Tales of obsession, danger, and heartbreak from The Atavist Magazine (Evan Ratliff, ed)/Wikipedia/LBV

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